En el útero de sombras,
el
tiempo es un latido sin horas,
floto en un
mar sin nombre,
célula y
universo a la vez.
Soy un
astro recién nacido
en el
vientre oscuro de lo eterno,
donde el
silencio teje mi piel
con hilos
de estrellas calladas.
-¿Qué es el
frio?- pregunto
a la nada
que me abraza,
y solo
responde el eco líquido
de un
corazón que bombea distancias.
Aquí, en
este espacio sin bordes,
soy semilla
de galaxias,
viajero de
un cosmos íntimo
que me
arrulla con canciones sin aire.
Pero allá
afuera, más allá del musculo estelar,
yacen
constelaciones de risas y heridas,
planetas de
manos que buscan otras manos,
y soles que
estallan en versos compartidos.
Sé que
nacer es caer en gravedad,
es un
llanto que rompe el éter,
para
aprender a caminar sobre polvo cósmico
y nombrar
el amor con lengua terrestre.
Floto aun,
entre dos infinitos:
el que me
guardó en secreto
y el que me
exige ser puente, ser grito,
ser huella
en la arena de lo desconocido.
Llevo en
mis venas salitre de nebulosas
y en los
ojos, un mapa de futuros posibles.
La soledad
fue mi primera maestra,
ahora la
vida me dicta su enigma:
-Tejer con
hilos ajenos la misma red,
beber de
pozos que otros cavaron con lágrimas,
y alzar,
entre todos, un árbol de luz
cuyas
raíces abracen los abismos.
Somos
astronautas de nuestra propia piel,
náufragos
que inventan barcos con miradas,
porque
hasta el vacío guarda un rumor de vida,
y en cada
encuentro, el universo renace.
Floto, sí,
pero hacia vosotros:
hacia el
vértigo de ser juntos
en esta
órbita frágil y vasta
donde hasta
la oscuridad canta
cuando
aprendemos a escucharla.
Pedro Vargas Torres
Valera 2025







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